Después de volver a desayunar sobre las 4 de nuestra tarde, y mientras terminaban de afinar y de colocar los instrumentos. Un grupo de marineritos de origen asiático, con sonrisa de oreja a oreja, se acercó al escenario con cuerdas y comenzaron a atar cualquier pieza que pudiese rodar. Una vez terminaron de atar nos miraron con la misma sonrisa de oreja a oreja, y señalando la cuerda nos levantaban la ceja señalándonos.
- Tú también migo mío, tú también.... que si no, no haber música por tu romper cabeza migo mio.